Itzaletik Argira
De la sombra a la luz
El Monumento a los Caídos de Pamplona no es únicamente un edificio heredado del franquismo. Es un dispositivo urbano concebido para imponer una determinada relación entre arquitectura, poder y ciudad. Su posición sobre un gran podio, la secuencia de escalinatas, la composición axial y la monumentalidad de su cúpula fueron proyectadas para convertir el acercamiento al edificio en un acto de subordinación. Más que un museo potencial, constituye un edificio-tapón que interrumpe la continuidad urbana y mantiene vigente un relato construido desde la arquitectura del poder.
Itzaletik Argira parte de una premisa: el monumento no debe desaparecer, sino dejar de funcionar como monumento. La propuesta no elimina el edificio, sino los mecanismos arquitectónicos que todavía sostienen su capacidad simbólica. La desactivación se produce mediante cuatro operaciones complementarias —urbana, arquitectónica, espacial y simbólica— que transforman su relación con la ciudad y con la memoria.
La primera operación actúa sobre la jerarquía urbana. La demolición de plataformas, escalinatas y arquerías elimina el podio ceremonial que elevaba el edificio sobre la ciudad. El monumento desciende hasta la cota de la plaza y el acceso deja de producirse mediante un recorrido procesional para convertirse en una entrada directa y democrática. Una nueva pieza arquitectónica ligera y transparente rodea el antiguo mausoleo a nivel de planta baja, construyendo un espacio intermedio entre plaza y edificio. Esta infraestructura contemporánea ya no separa ciudad y monumento; los vincula. Su condición abierta y horizontal aproxima el edificio a la escala cotidiana, reconstruye la continuidad del espacio público y convierte el antiguo objeto aislado en un lugar atravesable y accesible.
Esta transformación se prolonga en la plaza mediante una estrategia de renaturalización que rompe la rígida axialidad heredada. La incorporación de vegetación, jardines de lluvia, superficies permeables y nuevos espacios de estancia sustituye la escenografía monumental por un paisaje cívico donde arquitectura y naturaleza recuperan las relaciones urbanas que el monumento había interrumpido.
La segunda operación desactiva la jerarquía simbólica del edificio mediante el recorrido. El acceso se produce a través de la antigua cripta, invirtiendo deliberadamente el itinerario original. El lugar que concentraba la máxima carga ideológica del monumento —la tumba de Emilio Mola y el espacio funerario de exaltación— desaparece para convertirse en el vestíbulo del museo y en el inicio del relato histórico. Allí donde comenzaba la glorificación del régimen comienza ahora su interpretación crítica. El descenso previo al ascenso constituye uno de los principales mecanismos de resignificación del proyecto.
La tercera operación transforma la jerarquía espacial. El monumento original se organizaba mediante un eje vertical de carácter ceremonial que conducía la mirada desde la cripta hasta la cúpula. La intervención interrumpe esa lógica mediante planos horizontales, plataformas y recorridos circulares que permiten atravesar el espacio desde múltiples direcciones. El visitante ya no asciende hacia un símbolo; recorre una arquitectura convertida en documento. La circulación alrededor del gran vacío central sustituye la axialidad por una experiencia abierta y democrática donde la comprensión reemplaza a la solemnidad.
La última operación actúa sobre el horizonte urbano. La cúpula, durante décadas símbolo dominante del skyline de Pamplona, es envuelta por un nuevo mirador acristalado que modifica su presencia sin ocultarla. La sustitución de su revestimiento pétreo por una envolvente de vidrio transforma la relación del edificio con la luz: donde antes existía una masa opaca asociada al poder aparece una superficie cambiante que refleja el cielo y devuelve la luz a la ciudad. La metáfora del proyecto —de la sombra a la luz— se convierte así en una transformación física del monumento y de su percepción colectiva.
El recorrido culmina sobre la ciudad, estableciendo una conexión visual con otros lugares de memoria del territorio. La memoria deja de quedar encerrada en el monumento para proyectarse sobre el paisaje y el espacio urbano, ampliando el museo más allá de sus propios límites.
Más que transformar un edificio, Itzaletik Argira propone transformar un sistema de relaciones entre arquitectura, ciudad y memoria. El monumento permanece como testimonio histórico, pero pierde la capacidad de imponer un relato único. Lo que fue concebido como un artefacto de propaganda se convierte en una infraestructura pública abierta al conocimiento, la investigación y el debate, donde la arquitectura ya no representa el poder, sino que lo hace visible para poder comprenderlo críticamente.
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Marzo 2026
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